jueves, 21 de febrero de 2013

67. Música de viento



Todo aquel que haya trabajado alguna vez por cuenta ajena seguramente habrá recibido, en mayor o menor medida, alguna reprimenda de su jefe por algo que no hizo como debía, por un descuido, o por algo que debió haber hecho y no hizo. Hasta ahí todo normal. El caso es que si usted o yo la pifiamos nos pondremos colorados mientras escuchamos cómo nos cantan las cuarenta en presencia de algún compañero y el sofocón nos durará entre media hora y un par de días. Normalmente en una semana todo olvidado.
Existe una pequeña diferencia entre su caso o el mío y el de ese colectivo tan especial que son los futbolistas. Cuando uno de ellos tiene un día malo, mete la pata, falla tres pases dándole el balón al contrario, no cubre al delantero rival o en el caso del portero deja pasar el balón entre sus manos para que el contrario se apunte un gol, miles de personas sienten al instante una reacción que canalizan a través de la ira, el cabreo, la indiferencia o la comprensión ante ese involuntario error.
Ustedes pensarán, «sí, pero ellos cobran cientos de miles de euros y yo casi no llego a fin de mes. Además, tengo todo el derecho del mundo a expresar mi opinión que por eso he pagado mi entrada o mi abono». De acuerdo, pero ¿qué importa lo que uno gana cuando si fallas miles de personas te pitan, te insultan, o te abandonan mientras el rival te da un soberano repaso en el campo? ¿El hecho de haber pagado una entrada ya da derecho a pitar a los jugadores cuando no lo hacen bien?
En veinte años que llevo subiendo a Zorrilla no recuerdo haber silbado jamás a un jugador de mi equipo en nuestro estadio por muy mal que lo hiciera. Otros sí lo hacen y en su derecho están de seguir haciéndolo. Yo prefiero callar ante el fallo o gritar esporádicamente un «¡Vamos chicos!» más producto de la impotencia de ver superado a mi equipo que otra cosa. En cualquier caso tengo la tranquilidad de saber que si al día siguiente meto la pata en el trabajo mi jefe me reprenderá a mí solo sin necesidad de aguantar además cómo otros me llaman inútil a coro.
El fútbol es diferente a todo, pero no olvidemos que para esos chavales de veinte o treinta años que se ponen nuestra camiseta es sólo su trabajo, un trabajo sometido muchas veces a una crítica feroz, nada comprensiva y no siempre constructiva. Y como decían los taurinos: 'una mala tarde la tiene cualquiera'.

Fran Arranz

Publicado en "El Norte de Castilla" el 21-2-2013

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