
Cuando Charles Dickens escribió en 1843 su famosa historia, seguro que no imaginaba que la triste pero aleccionadora metáfora del Señor Scrooge seguiría siendo plenamente actual dos siglos más tarde, y aplicada a nuestro club de fútbol.
Os invito a que cerremos los ojos y acompañemos al espíritu de las navidades pasadas a épocas en las que el Real Valladolid era un club largamente respetado en Primera División y fuera de nuestras fronteras. Ganador de una Copa de la Liga y dos veces subcampeón de la Copa del Rey, competía con orgullo castellano en la Recopa y en la UEFA por Europa. La nobleza y gallardía de los vallisoletanos -punto de partida de las carreras de mitos como Eusebio, Caminero o Fernando Hierro- dotaron al club de un gran prestigio al visitar otras plazas históricas como el vetusto Tartiere en Oviedo, San Mamés en Bilbao, el Villamarín de Sevilla, el gaditano Carranza, o los ya desaparecidos Sarriá en Barcelona o Atocha en San Sebastián.
En las navidades presentes, por el contrario, nuestro club está pasando por malos momentos. Dos temporadas en Segunda, falta de liquidez para pagar las nóminas de jugadores, canteranos y empleados, deudas asfixiantes, palos administrativos y un descenso notable en el número de abonados respecto a cifras de hace un par de años lo tienen sumido en una crisis institucional que amenaza severamente la existencia de la entidad.
El espíritu de las navidades futuras nos enseña una ciudad sin equipo profesional de fútbol (ni de baloncesto), que tuvo que desaparecer merced a varios embargos y deudas tras no conseguir el ascenso y que vaga por campos de Tercera y Segunda B intentando recuperar el prestigio perdido y sumido en los recuerdos de lo que otrora fue.
Sin embargo -como en el entrañable cuento victoriano- el fantasma de Jacob Marley nos enseña que el futuro está aún por ser escrito. El Pucela de hoy debe aferrarse con todas sus fuerzas a la esperanza y si el equipo sigue mejorando en juego y goles llegará al final de liga peleando por ocupar una de las dos plazas que le devolverán a la liga de los mejores. La ciudad también debe responder de nuevo. Aquellos que los últimos años se han conformado con ver al equipo por la tele o subir al estadio cuando se ha realizado alguna promoción especial, tienen ahora la oportunidad de arrimar el hombro al club de sus amores sacando un abono para la segunda vuelta que dotará de caja a la tesorería y dará derecho -si todo sale como debe- a ser protagonista de un ascenso que aleje a los fantasmas y malos espíritus de Zorrilla. Y entonces seremos felices y podremos al fin, comer una rica ración de perdices.
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Publicado en "El Norte de Castilla" el 22-12-2011
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