La primera vez que le vi me pareció ser un hombre sosegado, entrañable, sensato. Pelo canoso, media estatura, entre 60 y 65 años, hablador, afable. Apostaría mi bocata del descanso a que prejubilado de FASA. El otro día me enteré de que se llama Paco.
Se sienta un par de filas más arriba en el estadio. Al llegar, calienta motores comentando con sus vecinos la actualidad de la semana, las lesiones, o las declaraciones de algún jugador, mientras salen los jugadores, y hasta que el trencilla da comienzo al partido.
Reconozco que los dos primeros años en este sitio no le soportaba. Me sacaba de mis casillas, y muchas veces pensé en cambiarme de zona, o en darme la vuelta y decirle cuatro cosas bien dichas, porque se pasa desde el minuto 1 hasta el 90 sin cesar de hacer observaciones críticas de nuestro equipo. Frases como «Eso es lo que les gusta, los taconcitos» cuando Óscar se inventa un pase de espuela hacia Pérez, o «y otro pase atrás, otra vez» si Rubio se gira y entrega el balón a Rueda o Valiente.
Pero si Paco tiene una frase favorita, la número uno de su repertorio, esa es la de «¡balón perdido!» o «¡a que la pierde!» que proclama cada vez que Guerra, Ebert u Omar acarician el cuero (aún recuerdo perfectamente cómo emitió su catastrófica profecía, instantes antes de que Nauzet marcara el mejor gol de la temporada pasada ante Las Palmas). Paco tiene tanto seguidores incondicionales entre sus vecinos de asiento –que apostillan mordazmente cada uno de sus comentarios– como acérrimos detractores, por supuesto. Y entre ellos el caballero de mi derecha o los chicos de la fila de abajo, que para no dejarse cabrear por él, cada vez que los nuestros aciertan un pase o un tiro, lo alaban bien alto para que Paco se dé por aludido. Pero no sirve de nada. Él no les escucha y sigue igual.
Nadie podrá negar que Paco siente al Real Valladolid muy dentro de su corazón. Que sufre con cada derrota y goza con cada victoria aunque no haga otra cosa que criticarle durante los partidos. Pero os contaré un secreto. Cuando marcamos gol suelo girar la cabeza para mirarle de refilón y siempre le veo de pie, aplaudiendo y sonriendo. Él sabe que en el fondo nuestros futbolistas no son tan malos como dice. Y sí, lo confieso: tras tres años aguantándole he acabado por cogerle un cierto aprecio, casi cariño. ¡Pero por favor, no se lo digáis, que se lo cree!
Publicado en "El Norte de Castilla" el 27 de Septiembre de 2012
Imagen: valladoliddeporte.es



