Afronté aquel juicio como un reto
personal. Frente a mí, con su cabello canoso y su gastada toga se alzaba aquel
veterano compañero, letrado de reconocido prestigio entre la profesión, curtido
en más de mil conflictos colectivos y arduas negociaciones, despidos o expedientes
de regulación, tras más de treinta años ganándose la vida en los estrados. Si
cerraba los ojos incluso podía situarme mentalmente en su bufete, con las
tablas del añejo parqué crujiendo bajo mis pies entre paredes cubiertas por tratados
doctrinales y colecciones de jurisprudencia. Su extenso currículum sin duda
impresionaba a un abogado novato como yo, que hasta hacía bien poco compraba en
la librería que está enfrente de la facultad libros como los que él escribía.
Estuve preparándome para esa vista
durante varios días. Leí todas las sentencias que encontré sobre casos
similares y fotocopié y subrayé los extractos más interesantes de los manuales
de referencia, siendo consciente de que a mi adversario no le hacía falta tanta
preparación porque la experiencia que atesoraba le permitiría sacar adelante el
juicio sin demasiado esfuerzo. En cualquier caso -y por ser honesto con mi
cliente- yo lo iba a dar todo y si había que perder lo haría con las botas
puestas y sin complejos, con preparación, ilusión y valentía.
Probablemente Víctor Pérez,
Antonio Rukavina o Carlos Peña respiren en estos momentos una sensación
parecida para encarar el partido frente al mediático Real Madrid. Mucho respeto,
incluso admiración hacia sus rivales; campeones del mundo, balones de oro,
cracks mundiales.
Y frente a ellos, nuestros
chavales. Los mismos que el año pasado dieron el callo en Sabadell, Alcoy o
Guadalajara. Los que aguantaron muchos meses sin cobrar. Los que saben que nuestro
equipo es una familia e hicieron posible que el dieciséis de junio viviéramos
una de las noches futbolísticas más bonitas de nuestras vidas. Con ilusión y
confianza a raudales. Sueños bonitos en los que celebramos un gol abrazándonos
en un estadio Zorrilla en el que no cabe un alfiler.
Gané ese juicio, pese a los
temores previos y las dudas lógicas que la entidad del contrario me inspiraba,
y me demostré a mí mismo que por mucha fama que tuviera el compañero, casi
siempre gana el que más se lo curra. Por eso deseo que el sábado no empecemos
el partido ya perdiendo desde el vestuario. Que salgamos al campo a tope y con
ganas de llegar a cada balón antes que nuestro rival, haciendo exactamente lo
que sabemos hacer, pase lo que pase después. A por ellos.
Publicado en "El Norte de Castilla" el 6 de diciembre de 2012

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