jueves, 6 de diciembre de 2012

59. Poder lo imposible


 
Afronté aquel juicio como un reto personal. Frente a mí, con su cabello canoso y su gastada toga se alzaba aquel veterano compañero, letrado de reconocido prestigio entre la profesión, curtido en más de mil conflictos colectivos y arduas negociaciones, despidos o expedientes de regulación, tras más de treinta años ganándose la vida en los estrados. Si cerraba los ojos incluso podía situarme mentalmente en su bufete, con las tablas del añejo parqué crujiendo bajo mis pies entre paredes cubiertas por tratados doctrinales y colecciones de jurisprudencia. Su extenso currículum sin duda impresionaba a un abogado novato como yo, que hasta hacía bien poco compraba en la librería que está enfrente de la facultad libros como los que él escribía.

Estuve preparándome para esa vista durante varios días. Leí todas las sentencias que encontré sobre casos similares y fotocopié y subrayé los extractos más interesantes de los manuales de referencia, siendo consciente de que a mi adversario no le hacía falta tanta preparación porque la experiencia que atesoraba le permitiría sacar adelante el juicio sin demasiado esfuerzo. En cualquier caso -y por ser honesto con mi cliente- yo lo iba a dar todo y si había que perder lo haría con las botas puestas y sin complejos, con preparación, ilusión y valentía.

Probablemente Víctor Pérez, Antonio Rukavina o Carlos Peña respiren en estos momentos una sensación parecida para encarar el partido frente al mediático Real Madrid. Mucho respeto, incluso admiración hacia sus rivales; campeones del mundo, balones de oro, cracks mundiales.

Y frente a ellos, nuestros chavales. Los mismos que el año pasado dieron el callo en Sabadell, Alcoy o Guadalajara. Los que aguantaron muchos meses sin cobrar. Los que saben que nuestro equipo es una familia e hicieron posible que el dieciséis de junio viviéramos una de las noches futbolísticas más bonitas de nuestras vidas. Con ilusión y confianza a raudales. Sueños bonitos en los que celebramos un gol abrazándonos en un estadio Zorrilla en el que no cabe un alfiler.

Gané ese juicio, pese a los temores previos y las dudas lógicas que la entidad del contrario me inspiraba, y me demostré a mí mismo que por mucha fama que tuviera el compañero, casi siempre gana el que más se lo curra. Por eso deseo que el sábado no empecemos el partido ya perdiendo desde el vestuario. Que salgamos al campo a tope y con ganas de llegar a cada balón antes que nuestro rival, haciendo exactamente lo que sabemos hacer, pase lo que pase después. A por ellos.




Publicado en "El Norte de Castilla" el 6 de diciembre de 2012

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