Minas, bombas, granadas. Campos
de batalla. Generales detrás de una trinchera o en una tienda de campaña
planeando el siguiente ataque al enemigo. Computando bajas y evaluando daños
colaterales. Habilidades castrenses y
estrategia militar que han conseguido desde hace siglos ganar soberanías
territoriales, conquistar plazas enemigas, someter y ampliar imperios. A fuerza
de cañonazos, espadas o misiles.
En el siglo XXI algo ha cambiado.
Políticos mediocres que tratan de pescar en río revuelto aprovechando situaciones
críticas generalizadas y clásicas rivalidades futbolísticas para reclamar independencias,
autogobiernos, o autodeterminaciones. Y para ello utilizan a algunos clubes, y
lo que es peor, esos clubes no solo se dejan manejar sino que participan de la
pantomima, dando la espalda a sus aficionados de otros puntos del planeta.
Directivos irresponsables a los
que se les llena la boca proclamando países, participando en manifestaciones y reclamando
derechos y banderas que no corresponde enarbolar a deportistas, porque ellos no
representan a la ciudadanía. Nadie les votó para ello. Disfrazan sus espurias reivindicaciones
con noble traje del deporte. Una pena que no aprendan el ejemplo de nuestra selección
nacional, en la que vascos, canarios, castellanos, asturianos, catalanes,
madrileños o gallegos, españoles de todos los rincones de nuestro país, reman
juntos para llegar a ser campeones de Europa o del mundo. Esa no es mi guerra.
A veces pasamos por alto que el
fútbol sólo es un pasatiempo, un deporte, un hobby para el que lo único que
hace falta son dos jerséis que hagan de porterías y una pelota de papel de
plata que minutos antes envolvía una merienda.
La guerra que yo quiero ver cada
domingo se libra en un manto verde de césped, de 105 metros de largo por 68 de
ancho. En ella dos ejércitos compuestos por once soldados y un general compiten
por tres puntos sin más armas que sus botas, su preparación y su astucia. En su
cuartel general preparan la estrategia, estudian la táctica, recogen a los
caídos y aprenden de las derrotas.
Porque más allá de todo lo
accesorio, esto nunca ha dejado de ser un juego. Con más o menos adornos, más o
menos teles y más o menos asistentes a los estadios. Y quien quiera conseguir
hoy victorias políticas debería presentarse a las elecciones, no servirse de
las pasiones más profundas de los aficionados, de los sueños de los niños, del
sudor de los futbolistas. No se lo merecen. No nos lo merecemos.
Publicado en "El Norte de Castilla" el 18 de octubre de 2012

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