Cuando éramos pequeños nos
gustaba escuchar historias de príncipes y palacios, de ranas y sapos, de
palacios majestuosos y casitas de chocolate. Cuentos que no hacían sino
evadirnos del mundo en el que vivíamos, provocando nuestra felicidad… y
nuestras ganas de dormir por las noches.
Algunos pronto empezamos a
cambiar esos cuentos de hadas por sueños en primera persona protagonizando
grandes gestas y épicos triunfos en el deporte -ese deporte que practicábamos
con tesón durante los quince minutos del recreo - seguros de ser nosotros
quienes alcanzaríamos el éxito cuando fuéramos mayores.
Crecimos un poco más y ya no
éramos los únicos protagonistas de nuestros cuentos. Nuestro equipo era lo
máximo. Dormíamos, comíamos y estudiábamos (o mejor dicho, no estudiábamos)
pensando en él. A esos cuentos empezaron pronto a sumarse otras preocupaciones:
el trabajo, los exámenes, terminar la carrera, esa chica o ese chico que nos
hacía perder el sueño. Nuestros cuentos eran una sucesión de historias de amor
y odio eterno y profundo, llenos de contradicciones, miedos, llantos, risas,
emociones y temores.
Y en esas estamos. Cada uno con
sus cuentos y sus sueños de hoy en día, robándole un minuto a las
preocupaciones de la vida, al problema laboral de turno o a la letra de la
hipoteca; para repetir en nuestra cabeza la imagen del capitán blanquivioleta
levantando un trofeo importante. Los mismos que de pequeños vimos a los
nuestros jugar una final de la Copa del Rey, la Recopa de Europa, o la Copa de
la UEFA y queríamos ser como Peternac, Fonseca, Caminero o Hierro… A día de hoy
seguimos refugiándonos en los cuentos, aunque los protagonistas de hoy no
monten a caballo ni luchen con dragones.
Aunque hayan pasado muchos años,
de vez de cuando volvemos a cerrar los ojos; pensando a quién puede poner esta
semana el míster por la banda derecha: Sisi, Felipe, Tekio... «Si me hubiera
visto jugar a mí…» pensamos. Nos aferramos a las matemáticas, emborronamos un
folio con cábalas de los partidos que quedan en casa y fuera, sumando tres aquí
y esperando que ellos pierdan tres allá y la cosa no se tuerza, como en el
famoso cuento… de la lechera.
Porque en los cuentos de los
mayores algunas veces no se comen perdices. Y porque si no fuera por estas
pequeñas-grandes alegrías que nuestro equipo nos da, nuestra vida sería más
triste. Y colorín colorado, este cuento no ha acabado. Acabará en junio con un
protagonista vistiendo una camiseta empapada y cantando “Banderas blancas y
violetas, voces que cantan, goles y gestas…”
Fran Arranz
Imagen: Castillo de Neushwastein (Alemania)
Publicado en "El Norte de Castilla" el 26.4.2012


