A menudo se tacha a los futbolistas de formar parte de una élite que vive en una burbuja, alejada de la realidad cotidiana de aquellos pequeños sufridores que se las ven y se las desean para llegar a fin de mes, pero pagan religiosamente y sin rechistar su abono, depositando en la suerte del equipo sus propias alegrías y desengaños. Sin embargo, la historia nos demuestra que no siempre tiene por qué ser así.
Me cuenta mi compañero Agustín una preciosa anécdota que él recuerda, que probablemente muchos aficionados no conozcan y que también recoge José Miguel Ortega en su libro 'Equipos con historia: Real Valladolid' (Universo Editorial, 1990), ubicada en la lejana temporada 1974-1975, cuando campaba nuestro querido Real Valladolid por la Segunda División, bregando contra otros históricos como Oviedo, Mallorca o Cádiz. Preside el club un jovencísimo Fernando Alonso (30 años) y comienza la campaña manteniendo la confianza en otro joven técnico, Fernando Redondo.
Redondo tiene un inicio irregular, ganando en casa y pinchando fuera, encadenando un bache que acaba con su destitución el 5 de enero de 1975, tras perder contra el Sevilla en casa. Ficha entonces por nuestro equipo un técnico alemán, llamado Rudi Gutendorf, trotamundos del fútbol que viene precedido por una fama de salvador de equipos en apuros, al que se le recuerda por varias anécdotas curiosas, entre ellas esta.
Una fría mañana de invierno la primera plantilla del Real Valladolid al completo fue citada en el paseo Zorrilla para realizar un entrenamiento, nada menos que ¡a las cinco y media de la mañana! Una vez comparecieron todos los futbolistas al pie del Viejo Estadio, frente a la plaza de toros, pudieron contemplar cómo a esa misma hora un numeroso grupo de trabajadores de FASA Renault esperaba para subir al autobús que les llevaría a sus factorías como cada mañana. Ni que decir tiene que la sorpresa que se llevaron los faseros al encontrarse allí, a tan intempestiva hora, a quienes admiraban, fue mayúscula, lo que jalearon con ruidosos aplausos mientras éstos realizaban varios ejercicios de calentamiento. Más tarde Gutendorf explicó a sus pupilos que ellos eran trabajadores como los que habían visto aquella mañana y que como tales debían darlo todo en el campo por esas personas que madrugaban a diario para después animarles con pasión cada fin de semana.
Aquella historia granjeó a Rudi el cariño de una buena parte de la afición, y afortunadamente el equipo remontó la mala racha para finalmente acabar dignamente la temporada. Posiblemente esa anécdota no les hizo demasiada gracia a los jugadores, lo que es seguro es que Agustín y todos aquellos que por sorpresa se encontraron con sus ídolos a las cinco de la mañana no la olvidarán mientras vivan. ¡Aprende, Djukic!
Fran Arranz
Publicado en "El Norte de Castilla" el 13 de octubre de 2011
No hay comentarios:
Publicar un comentario