Cuenta la leyenda que bajo cada uno de los extremos
del arcoíris se encuentra escondida una olla repleta de monedas de oro. Quien la
encuentre será inmensamente rico. Eso dice el cuento infantil, pero así debe
ser en realidad, puesto que el pasado sábado, entre los rayos de un tímido sol de
enero y el agua briosa de un tempranero chaparrón, hizo acto de presencia en Zorrilla
tan apreciado fenómeno meteorológico.
Apareció el arcoíris en el estadio vallisoletano como
por arte de magia, precioso, imponente, soberbio. Naciendo del mismo césped del
terreno de juego, más o menos en la posición teórica de interior izquierda
según atacaba el Pucela en la primera parte, en la zona de tres cuartos de
campo, entre el medio campo y la línea de cal de la Preferencia B. Esa zona del
campo que míticos blanquivioletas hicieron suya tantas tardes de domingo desde
principios de los ochenta. La misma en la que recuerdo hace muchos años haber
visto a un joven Amavisca fintar y regatear hasta al árbitro o más
recientemente al pequeño Sisi salir llorando porque su hombro había vuelto a
descolocarse en vísperas de un frenético playoff.
Surgió el multicolor para alumbrar desde su base a un
germano genial, rubio como el oro del caldero que se halla escondido, que se
cambió de banda para sorprender al rival y soltar un misil tierra-red que voló desde
su Postdam natal a la escuadra derecha de la portería del fondo sur.
Y Carlos Suárez sonrió al fin. Un fichaje que abrió
portadas y telediarios al día siguiente, que ha resultado un crack. No costó
nada y de momento ya le ha reportado muchos puntos al saldo de nuestro equipo. Tras
todo eso, la esperanza de que siga a este nivel muchos partidos y la aspiración
del presidente de poder traspasarlo algún día a un club más rico dejando un
buen rédito para la maltrecha economía blanquivioleta. Y la suya, claro, que
para eso es el máximo accionista.
Esperemos que el bravo alemán haga de oro al
presidente algún día; pero a nosotros nos hará felices mientras siga en el Real
Valladolid, cuantos más años mejor. Hemos encontrado la olla de oro que había
escondida en la base del arcoíris. Espero que sepa digerir el salto a la fama
con serenidad y sin aflojar ni un ápice el esfuerzo y las ganas. Porque la
calidad la tiene, pero de monedas devaluadas y de estrellas estrelladas sabe
mucho este país en general, y este club en particular. Y el día menos pensado
llega un nubarrón, se lleva el arcoíris, y nadie sabe nada de ningún tesoro ni
de ninguna olla.
Publicado en "El Norte de Castilla" el 17-01-2013
Foto: M. A. Santos en "El Norte de Castilla"

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