Intento contemplar con un poco de distancia la trayectoria del Real Valladolid por la presente temporada y la comparo con otras que están aún muy frescas en mi cabeza. Me acuerdo bastante bien de casi todas desde el verano de 1995, fecha en que mi abuelo me regaló mi primer carnet del Pucela, y observo con relativa tranquilidad la situación actual de nuestro equipo en la tabla. Le veo jugar fluido, manejando bien los tiempos, sin ponerse nervioso. Sabiendo que nuestros goles llegarán y la defensa funcionará. La famosa dinámica es positiva tanto en el club como en la ciudad.
Me acuerdo por el contrario de las malas sensaciones que transmitía la plantilla de hace tres años, cuando íbamos a dar ese «salto de calidad» y nos la pegamos estrepitosamente. Aquel ambiente enrarecido de sanciones, indisciplinas, salidas nocturnas y falta de compromiso.
Veo esa misma confusión y desconcierto hoy en otros conjuntos de la parte baja. No quiero citar a ninguno, pero se me ocurren varios candidatos para las tres plazas de descenso, lo que me tranquiliza. Contemplo con alivio que de los tres que ascendieron a Primera División –Valladolid, Deportivo y Celta– somos claramente quienes mejor le han cogido el aire a la categoría, mientras otros dan tumbos. Están en una mala racha en la que el último pase siempre se pierde por la línea de fondo, los remates se van al palo y los árbitros se equivocan en su contra. Se enfada la afición y se ponen nerviosos los directivos. Pasan semanas sin ganar un partido, parece que han entrado en barrena.
Y respiro. Miro lo que tenemos nosotros y siento tranquilidad porque veo que el que pone a los jugadores saca petróleo de un charco, el que ficha ha conseguido que la gran mayoría de los fichajes hayan sido un éxito, los que juegan se dejan la piel en el campo cada partido y salen concentrados desde el minuto uno, los suplentes cumplen y los que están encargándose de controlar los gastos y sacarnos del concurso de acreedores también trabajan con sensatez. Se percibe la calma en el club, pese a la necesidad imperiosa de fichar, pese a las dificultades económicas, o pese los horarios infernales a los que nos somete la Liga cada dos por tres.
Se empieza a transmitir esa tranquilidad a los aficionados. El domingo por primera vez en esta temporada salí del estadio convencido de que este año no bajamos. Pero ojo, que aquí el que se relaje un segundo lo paga, y como decía mi abuelo de los de su pueblo, «el más tonto hace relojes de madera, y andan».
Fran Arranz
Publicado en El Norte de Castilla el 24 de Enero de 2013

