Recuerdo aquel día como si fuera ayer, aunque ahora que me pongo a hacer cuentas, tendría tan solo siete años de edad. En aquella época de mi vida, mi vecino y amigo Beto, un año mayor que yo, me contó un secreto de esos que recuerdas para siempre.
En su edificio, el mismo donde vivían mis abuelos, en la calle Curtidores, acababa de llegar a vivir nada más y nada menos que un futbolista del Real Valladolid. Un tal Miguel Aracil, defensa que venía del Hércules. Por aquella época yo aún no sabía lo que era ver más partidos de fútbol que los del recreo en el cole. Mi padre no me había llevado nunca al Viejo Estadio, y el nuevo lo habían inaugurado solo hacía dos años, con lo que la afición por el balompié me la estaban empezando a contagiar mis dos abuelos, respectivamente pegados al transistor los domingos por la tarde, quiniela en mano.
A lo que íbamos. Aracil había venido a vivir al bloque donde vivían mis abuelos, y para más gozo y regocijo nuestro, tenía un hijo de nuestra edad. Poco tardó mi colega Beto en ganarse su confianza, y en menos tiempo aún estábamos los tres jugando en el salón de su casa.
Y entonces pasó lo que nadie esperaba. Un día, aquel día que no olvidaré jamás, el futbolista debía ir por alguna razón al estadio, y nos ofreció a su hijo y a nosotros dos, subir con él. Tras la preceptiva autorización de mi abuelo, subimos en su coche y llegamos al (entonces sí que era Nuevo) José Zorrilla. La primera impresión que tuve es que me pareció el estadio más grande del mundo. Nos dejó un balón y estuvimos no más de diez minutos jugando los tres en una portería. En nuestras pequeñas cabezas rugían las gradas de emoción y sonaban palmas de tango con cada jugada. El tiempo se nos pasó volando.
Aquel jugador, Aracil, no estuvo muchos años en el Real Valladolid, solo tres temporadas, pero el 30 de junio de ese mismo año 1984 el equipo formado por el loco Fenoy, Aracil, Gaíl, García Navajas, Richard, Jorge, Pepe Moré, Eusebio (Fortes), Pato Yáñez, Da Silva y López (Minguela) consiguió en la prórroga meter tres goles al Atlético de Madrid, y levantar el único título nacional en la historia del club, la Copa de la Liga, que le clasificaría por primera vez en su historia para jugar al año siguiente la Copa de la UEFA.
Creo que ese día que jugué en Zorrilla con siete años de edad nació para siempre el blanquivioleta que llevo dentro y llevaré toda la vida. Por eso hace unos días, cuando en el descanso del partido contra el Xerez saltaron al césped de Zorrilla los chavales de 7 años a jugar durante diez minutos, no pude evitar que se me escapara una lagrimita recordando el que fue, durante muchos años, el día más feliz de mi vida.
Fran Arranz
Publicado en "El Norte de Castilla" el 27.04.2011
