
Para un futbolista profesional, que probablemente tenga todo lo que quiere, tiene que ser difícil imaginar cómo es la vida de un chaval de catorce años. Quizá no se plantea que cuando tienes esa edad, hay ciertas cosas que son lo más importante del mundo, y todo, absolutamente todo, gira en torno a ellas. Una de ellas es, precisamente, tu equipo de fútbol favorito.
Yo guardo un recuerdo imborrable de aquella edad, y sobre todo recuerdo con nitidez todo lo que hacía en mi rutina diaria desde que me despertaba hasta el momento de llegar al colegio. Mi madre entraba en la habitación, yo daba una vuelta en la cama, me abría la ventana, y después de asearme y vestirme, iba a la cocina para desayunar.
En mi casa, al menos desde que yo tengo memoria, siempre hemos estado suscritos a EL NORTE DE CASTILLA. Quizá es una de esas costumbres que mi padre heredó de mi abuelo Nico, al que siempre recuerdo sentado en la butaca del salón mientras leía el periódico. Todos los días, hacia las seis de la madrugada venía un repartidor y nos dejaba en el buzón del portal un ejemplar de EL NORTE (que tendría que estar calentito todavía). Mi padre bajaba al buzón mientras se calentaba la cafetera, y aquel periódico, que ya se quedaba en la mesa de la cocina, lo íbamos leyendo uno por uno todos los miembros de la familia.
Cuando llegaba mi turno, comenzaba el ritual. Yo abría EL NORTE directamente por la página de Deportes. Ya podía haber en el país una huelga general o cualquier otra noticia de portada. Pasara lo que pasara e hiciera lo que hiciera, yo siempre acertaba en la página indicada con la precisión de un reloj suizo.
Y es que mi mayor ilusión era leer -devorar más bien- cada día la actualidad del Real Valladolid. Leía cada párrafo con pasión, casi como quien mira embobado un nuevo capítulo de su serie de televisión favorita o como quien, agarrado a una novela que está en sus últimas páginas, quiere leer más rápido aún para enterarse de más y más cosas.
Yo quería, necesitaba incluso, saber si Peña o si Pachi iban a ser convocados; si Eusebio o si Minguela estaban lesionados; qué sistema emplearía el próximo domingo don Vicente Cantatore; si el Pacho Maturana volvería a poner en defensa al Suki Cuaresma, Caminero, César Gómez y Santi Cuesta; si convocaban a Goyo Fonseca (este sí que era bueno) o a Gabi Moya con la selección, o si Onésimo sonaba para el Barcelona. Mi mundo giraba en torno a esa página de periódico que cada día me decía algo nuevo de mi Real Valladolid Deportivo.
Y aquí se producía un efecto mágico: yo leía una sola vez ese artículo de página completa, y cada palabra, cada frase y cada párrafo, cada detalle de esos que hacían referencia a una alineación, a un fichaje, a una lesión, o a un entrenamiento, quedaba grabado en mi cabeza de una forma indeleble.
Y luego iba al colegio, me ponía enfrente del libro de Sociales, o de Historia, o de lo que fuera, y por más que leía y leía, me costaba horrores memorizar lo que registraban mis ojos. La consecuencia: mis padres enervados hasta límites insospechados. Todo esto viene por algo que ronda en mi cabeza desde el año pasado.
¿Sabrán los jugadores de ahora del Real Valladolid lo que ellos significan para mucha gente? ¿Serán conscientes de que cuando ellos corren tras un balón somos nosotros los que estamos detrás, imaginando triángulos imposibles sobre el césped que acaban en goles épicos como el que marcó Alberto a pase de Fonseca cuando ganamos al Real Madrid en la 91-92?
Es solo un trabajo, pero su trabajo son nuestros sueños. Ellos son depositarios de nuestra ilusión. Nos da igual pasar once horas en un autobús para ir a Sevilla a verles jugar y defender esa camiseta blanquivioleta, volver y entrar a trabajar o ir a clase.
Ellos hacen cada día que muchos niños jóvenes, adultos y mayores de antes y de ahora, abramos cada día EL NORTE DE CASTILLA por la página de deportes.
Si son conscientes de ello, estoy seguro de que ganarán el próximo partido.
Fran Arranz
Publicado en "El Norte de Castilla" el 3-02-2011